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Breve Genealogía del Desarrollo Ontológico de Occidente

Rafael Echeverría, Ph.D.
Newfield Consulting
Instituto de Ontología del Lenguaje
Presidente Honorario de la FICOP
Noviembre de 2016

El ser humano primitivo – e incluso aquel que vive en los primeros largos años de la Antigüedad – concibe al mundo como fundamentalmente estático. El cambio es concebido como una amenaza y es temido. Muchas veces se le asocia incluso con la muerte y con el caos.

Si tomamos la antigua civilización egipcia – la que hemos estudiado en profundidad – comprobamos que en el momento de la Creación se constituyen dos divinidades que, desde entonces, estarán siempre presentes en la vida los egipcios: la diosa Maat, que representa el orden, la justicia y la verdad (representada por una figura femenina alada que lleva en su cabeza una pluma de avestruz) e Isfet, dios del caos y las tinieblas, carente de representación física. Ambos dioses están siempre en tensión, procurando imponerse el uno sobre el otro.

Los egipcios creían que Ra, su dios supremo, representante del sol, debía realizar un viaje diario, cruzando en una barca la oscuridad de la noche, viaje en el que una y otra vez se enfrentaba en una lucha con la serpiente Apofis, la que intentaba devorarlo. Si Ra ganaba esta lucha, disponía de un día más y debiendo volver a enfrentarla la noche siguiente. Nunca se podía estar seguro de que el sol apareciera a la mañana siguiente. Siempre cabía la posibilidad de que Apofis lo derrotara. El amanecer era siempre incierto y se le recibía con regocijo. Al sol naciente y triunfante se le honraba bajo la figura del Kepri, el sagrado escarabajo, una de las múltiples encarnaciones de Ra. La lucha diaria entre Ra y Apofis es tan sólo una de las múltiples manifestaciones de esta tensión entre Maat e Isfet.

El tiempo para los egipcios era cíclico, un proceso que se repetía una y otra vez, como sucedía no sólo con los días, sino también con los ciclos de las estaciones y las crecidas anuales del Nilo. La principal tarea de un faraón era asegurar la continuidad de estos ciclos y la preservación del orden, siempre amenazado. El tiempo era expresión de esa amenaza y representaba un desafío permanente a preservar o a restaurar el orden. Los egipcios vivían a partir de una ontología del orden estático, en el que el tiempo era temido. Hoy nos es difícil imaginarnos un mundo así. Pero es importante poder visualizarlo, para comprender la especificidad de nuestros tiempos. El mundo que hoy vivimos es una rara excepción en la larga historia de la Humanidad.

Los griegos introducen una concepción diferente del tiempo. Y lo vemos reflejado en su mitología. Varios son los dioses griegos asociados con el tiempo. El primero de ellos es Cronos, dios del tiempo físico. Perteneces a la estirpe de los Titanes, dioses desmedidos, caóticos y groseros. Luego de que se le informaran a Cronos de que uno de sus hijos lo derrocaría, éste, para impedirlo, se los devora. Cronos nos trae reminiscencias de la antigua noción egipcia del tiempo. El filósofo existencial Martin Heidegger se apoya en la figura de Cronos para apuntar al hecho de que el tiempo devora la existencia de todos los seres humanos. Cada día de nuestra vida es equivalente a una mascada de Cronos.

Cronos es engañado a tomar una poción que lo hará vomitar y expulsará de su vientre a sus hijos. Entre ellos se encuentra Zeus, quién, liberado, lo derroca y se corona como el amo soberano de todos los demás dioses. Zeus es una representación distinta del tiempo. Esta vez se trata del tiempo con orden, sentido y dirección y, por lo tanto, es la representación del tiempo histórico. Con Zeus el tiempo deja de ser caótico. Un hijo de Zeus, Apolo, representará la capacidad de anticipar el tiempo, de poder anunciar lo que está por venir, tal como efectivamente lo hace la Pitia, la sacerdotisa de Delfos, templo dedicado al dios Apolo.

El relato anterior, nos muestra un rasgo importante de la noción del tiempo de los griegos. Se trata del elemento del destino. Muchos de los acontecimientos que tendrán lugar en el tiempo futuro se encuentran, según los griegos, pre-determinados por los dioses, están ya escritos antes de que ellos acontezcan. Algunos seres humanos, sin embargo, poseen el don de conocer el futuro. Es lo que sucede con Casandra o con Tiresias. Nada pueden hacer los seres humanos para evitar su destino. Si lo intentan, sólo contribuyen a su cumplimiento. Muchas de los relatos mitológicos o de las tragedias griegas, como los que relatan las historias de Teseo o de Edipo, dan testimonio de ello.

Sin embargo, no todo el transcurrir del tiempo está pre-determinado para los griegos. Ellos poseen un espacio importante de maniobra para incidir en su futuro. Éste es un elemento no menos importante de la mentalidad de los griegos. Está asociado al valor que, quizás por primera vez en la historia, se le concede al individuo y a la libertad individual. El valor del individuo se desarrolló primero en las colonias griegas de Jonia y, desde allí, se expandió, en grados variables, por gran parte de las ciudades de la Grecia continental, como de las demás colonias griegas del Mediterráneo. Atenas estuvo fuertemente influenciada por el valor de la individualidad; Esparta fue más resistente.

Dentro del ámbito de autonomía que – a pesar del papel asignado al destino – los griegos le conceden al individuo, surge un tercer concepto del tiempo. Se trata del tiempo propiamente humano, dentro del cual emerge un concepto que tendrá gran importancia. El tiempo humano para los griegos es desigual. No todo puede hacerse en cualquier momento. Hay tiempos adecuados para hacer ciertas cosas y tiempos que no lo son. El tiempo oportuno, el tiempo adecuado, será llamado kairos. Es muy importante aprender a distinguirlo. Ello hace una diferencia importante en la vida de los individuos. Los romanos llamarán al tiempo oportuno, la occasio.

Los griegos desarrollan un concepto de historia. No en vano, Heródoto y Tucídides, son considerados como los inventores de la historia, en el mundo occidental. Pero más allá de la disciplina, los griegos introducen el concepto de historia al interior de la vida de los individuos. Así lo expresa el ethos griego y lo hace de muy distintas maneras. Lo vemos ya presente en la época arcaica a través de la figura del héroe comprometido con lograr la gloria, como sucediera, por ejemplo, con Aquiles. Más adelante comprobamos que el griego desarrolla otras formas de concebir la vida desde la perspectiva de cultivar su ser. De hacer de su individualidad una modalidad de ser virtuosa, comprometida con la excelencia (areté), sea ésta ciudadana, intelectual, artística o a través de sus conquistas deportivas.

Si bien el griego no posee una concepción del mundo dinámica, sujeto a importantes transformaciones a partir de la acción de los individuos y, en muchos sentidos, todavía prevalece una concepción cíclica o circular del mundo, si acepta que el individuo libre, el ciudadano, debe preocuparse por diseñar el propio ser que le correspondió ser. El cambio está plenamente presente a nivel de la existencia individual. Es lo que llamaremos el predominio de una ontología del Ser. La noción de Ser es un invento griego. El individuo libre tiene el desafío de hacerse cargo de sí mismo y ello implica cultivar, diseñar, su ser. Gran parte de las propuestas filosóficas que se desarrollan en la Grecia antigua, proponen formas diferentes de acometer este cultivo del ser. Lo vemos, por ejemplo, presente, en el caso de Sócrates, quién propone una vida virtuosa desplegando el poder del logos, de la capacidad de indagación reflexiva que nos proporciona el lenguaje y volcándola interiormente. De la misma manera, lo vemos más adelante tanto en los estoicos como en los epicúreos.

Esta ontología del Ser, desarrollada por los griegos, la vemos también presente en los romanos, que la conducen a niveles más sofisticados de refinamiento. La idea del cultivo del ser, es recogida por Plutarca quién acuña la expresión “deviene quién tu eres”. Siguiendo las enseñanzas de Aristóteles, Plutarca acepta que los seres humanos, siendo de una determinada manera y disponiendo de una esencia inmutable, poseen, como parte de su ser, potencialidades que pueden actualizar. Es responsabilidad del individuo desarrollar estas potencialidades.

Más adelante, Nietzsche retomará esta expresión de Plutarca, confiriéndole un sentido diferente. Mientras para Plutarca la expresión “deviene quién tú eres” implicaba desarrollar las potencialidades que el ser ya posee, para Nietzsche esa misma expresión asume la connotación de apuntar a un ser que posee la capacidad de superarse a sí mismo y que, por lo tanto, puede acceder a modalidades de ser diferentes de aquella que lo conforman en el presente.

Los judíos, que habitan no muy lejos de las colonias griegas de Jonia, desarrollarán, de manera prácticamente simultánea, una ontología muy diferente. La existencia humana virtuosa que nos proponen los judíos se sustenta, no en la noción griega del ser, sino la sujeción a la Ley, conformando, por lo tanto, una ontología del Deber.

El mundo judío se encuentra en las antípodas del mundo griego. Para el judío, la luz no está en el futuro, sino en el pasado, en una tradición que es preciso actualizar. Ella remite a una religión revelada, relatada por Jehová, quién le revela a los seres humanos cómo fue el proceso de la Creación, y define la manera cómo éstos deben vivir la vida. Jehová hace de los judíos su pueblo escogido y, a cambio de que éstos lo reconozcan como su dios, les promete una tierra en Palestina para que vivan en ella. Para acceder a esta tierra, deben comprometerse a vivir de acuerdo a la Ley contenida en las Tablas que Jehová le entregara a Moisés en el monte Sinaí. En la medida que los seres humanos se sometan a la Ley, ganan el favor de Dios, la salvación de sus almas y contribuyen a la llegada del Mesías, portador de la redención. La Ley representa la palabra de Jehová, el poder de sus declaraciones de los que debe y no debe hacerse. Se trata de un poder de la palabra muy diferente del que los griegos asociaran con el logos.

Un aspecto importante a destacar en el mundo de los judíos es el hecho de que su religión está inscrita en el tiempo histórico de los seres humanos. Los grandes personajes de su religión, además de Jehová, son parte de la historia del pueblo judío. Son los antepasados directos de los judíos vivientes. Abraham y Moisés, sus personajes más destacados, supuestamente vivieron y sus vidas determinaron la historia del pueblo judío. La historia se entrecruza, por lo tanto, con los eventos principales de su relato religioso. El judío vive con una clara consciencia del tiempo histórico y ello compromete no sólo el pasado, sino también el presente y el futuro.

Es interesante comparar el mundo judío con el mundo griego. En ambos se reconoce que las leyes instituyen el orden social. Los griegos, sin embargo, confiaban la redacción de las constituciones de la ciudad a sus hombres sabios. Destacados filósofos y sofistas fueron encargados de redactar las leyes de las ciudades. Las leyes eran un tema de reflexión filosófica, tal como lo vemos en Platón y la justicia era administrada en la Asamblea de ciudadanos libres. Para los judíos, en cambio, la Ley provenía directamente de Dios y ésta era administraba por una casta sacerdotal, la que jugaba un importante rol en la administración del Estado y la justicia, tal como acontecía en Egipto.

Las leyes configuran y sirven para preservar un determinado orden social. Lo hacen estableciendo deberes y derechos, señalando lo que es obligatorio, lo que está prohibido y lo que está permitido. En el mundo judío, lo que no estaba permitido, se inclinaba hacia el lado de lo prohibido. En el mundo griego, a la inversa, todo lo que no estaba explícitamente prohibido, se le consideraba permitido. Esta diferencia es importante y, en el caso de los griegos, configuraba un ámbito significativo de libertad individual. En otras palabras, para los judíos la balanza entre deberes y derechos se inclinaba del lado de los deberes, mientras que, para los griegos, se inclinaba del lado de los derechos.

Desde la ontología del Deber emerge con fuerza el sentimiento de culpa, que los cristianos posteriores reforzarán a través de la noción del pecado. La culpa no es sino la expresión del reconocimiento de una brecha entre nuestro comportamiento y lo que establece el Deber. La culpa no era un elemento destacado del ethos griego.

Al interior de la tradición judía nacerá, con Jesús, el cristianismo. Éste exhibe, particularmente en sus inicios, en oscilación ontológica, que se expresa en su relación con de la Ley judía, la que queda replegada en un segundo plano, subordinada a una ontología del Amor. Éste es el elemento central, articulador, de la virtud cristiana y del mensaje de Jesús. Ello, sin embargo, no representará un elemento estable y veremos cómo vuele a combinarse con la antigua ontología del Deber, lo que se expresa en la importancia que asumen la noción cristiana del pecado y de la culpa.

Para los cristianos Jesús es el Mesías que por siglos han esperado los judíos y ello determina que su palabra sea considerada tanto o más sagrada que los relatos de la relación de Jehová con Moisés – o con los profetas – y los mandamientos que éste recibiera de sus manos.

Es importante destacar dos hitos que marcarán el desarrollo del cristianismo. El primero remite a San Pablo, judío romano que habla fluidamente el griego, oriundo de la ciudad de Tarso. Él será el principal responsable de expandir el cristianismo por gran parte del imperio romano y, al hacerlo, efectuará algunos alcances doctrinarios que marcarán su evolución posterior. Pablo no conoció a Jesús en vida. Su conversión al cristianismo se realiza luego de que éste último fuera crucificado.

A diferencia de los cuatro evangelistas, que narran la vida y las palabras de Jesús , Pablo sostendrá que el elemento central de la fe cristiana no debe ser buscado en la vida de Jesús , sino después de su muerte en la crucifixión. Se trata de la Resurrección. Es la fe en la resurrección de Jesús, que confirma el carácter divino de la figura de Jesús, lo que define el elemento clave de esta nueva religión. La fe en la resurrección, es lo que marca el camino para la Redención. La resurrección no sólo confirma que Jesús es el Mesías, sino que avala la fe en nuestra propia resurrección y en la vida que nos espera después de la muerte. Pablo destaca la importancia de la fe, de la esperanza y del amor. Sin embargo, simultáneamente desarrolla las bases para una noción fuerte del pecado, asociada con una gran aversión a lo relacionado con el cuerpo.

La fe en la resurrección y la importancia que se le confiere a esta otra vida en el más allá, representará uno de los elementos claves del cristianismo. De ello se deduce que esta vida, no es la verdadera vida, sino tan sólo el camino para acceder otra que nos espera luego de morir. Esta vida, por sí misma, no posee otro valor que aquel que le confiere el ser camino para la vida posterior. Para ganar esta otra vida, lo que importa son las obras virtuosas que realizamos en ésta, de acuerdo a nuestros deberes como cristiano. Progresivamente se avanza hacia la restitución de la ontología del Deber.

Las condiciones para el desarrollo del cristianismo luego de la muerte de Jesús no fueron fáciles. Rechazado por los judíos y fuertemente reprimido por los romanos, a comienzos del siglo II debe enfrentar la Diáspora que Roma impone sobre todo el pueblo judío y muchos cristianos se ven obligados a abandonar Palestina. Bajo estas condiciones de dispersión, las distintas comunidades cristianas que se fueron desarrollando en diversas partes del Imperio, alcanzaron un importante grado de autonomía – tal como sucedió con el judaísmo rabínico, que se vio obligado a sustituir el papel del Templo de Jerusalén por una proliferación de sinagogas.

La dispersión y autonomía incrementaba la vulnerabilidad del cristianismo a las medidas represivas que provenían de Roma. Ello condujo al desarrollo de un importante esfuerzo de centralización y el establecimiento de una doctrina oficial y dogmática. Muchas de las doctrinas desarrolladas previamente fueron declaradas heréticas, prohibiéndose sus prácticas y textos. Las razones de esta centralización eran políticas. Pero ello significó la pérdida de importantes corrientes y sensibilidades religiosas.

El segundo hito de importancia fue la conversión del emperador Constantino al cristianismo y el hecho de que éste se transformara súbitamente en la religión oficial del Imperio. De una religión de esclavos ahora el cristianismo se convertía en la religión del poder imperial. La Iglesia asume ahora la estructura institucional del Estado romano y ejerce su propio poder tal como éste lo hacía. Una de los grandes aciertos de la civilización romana descansó en su Estado, en su ejército y legiones militares, y en la manera como se ejercía el poder y se garantizaba el orden.

A partir de Constantino, la Iglesia adopta estas mismas formas institucionales. Configura un imperio que, a diferencia del romano, no estaba asentado en el dominio territorial, sino en el dominio de las almas. Es a través de ellas que se ejerce el dominio sobre los territorios. En vez de legiones militares, la Iglesia opera a través de órdenes sacerdotales. Pero se trata de la aplicación de la estructura institucional romana, la que se proyecta ahora más allá de la caída del Imperio Romano, se mantiene jugando un rol hegemónico durante toda la Edad Media. En la medida que la Edad Media llega a su fin, la Iglesia instituye la Inquisición, como mecanismo para proteger su poder social y el carácter dogmático de su doctrina. Con cada uno de estos desarrollos se avanzaba hacia una ontología del Deber.

Durante la Edad Media se produce, por lo demás, la convergencia de la ontología del Ser de los griegos y la ontología del Deber, propia de las tradiciones judeo-cristianas. La Iglesia se acerca al menos en dos importantes oportunidades a las propuestas filosóficas desarrolladas por los metafísicos griegos, desarrollando una teología cristiana de fundamento metafísico. En el siglo IV, San Agustín de Hipona desarrolla una teología cristiana de raigambre platónica y, más adelante, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino, desarrolla una teología cristiana sustentada en Aristóteles, cuya influencia subsiste hasta nuestros días.

A fines de la Edad Media, por lo tanto, las ontologías del Ser y del Deber convergen y se integran en una ontología metafísica que sigue los preceptos de ambas, bajo el rol hegemónico de la Iglesia y, por lo tanto, del Deber. El Ser, en este esquema está al servicio del Deber. Sólo que la libertad individual de la época de los griegos ha desaparecido, cediendo su lugar al poder de una Iglesia cada vez más robustecida y dogmática, que reivindica ser poseedora de verdades absolutas y que cuenta con la autoridad política suficiente para imponerlas. El poder de la Iglesia impone importantes limitaciones a los individuos. Estas limitaciones provienen tanto del Ser que se invoca que somos, como del Deber que se nos impone.

Dos importantes movimientos culturales podrán en cuestión la influencia hasta entonces alcanzada por la Iglesia. En primer lugar, el Renacimiento que buscará inspiración en una conexión directa, no mediada por la Iglesia con la antigua sensibilidad griega, reivindicando el valor de la libertad y la capacidad creativa del individuo. Pero, en segundo lugar, la Reforma Protestante que cuestionará el rol de la Iglesia y de los sacerdotes en el cultivo de la fe, permitiendo el acceso directo de los fieles a la Biblia – lo que hasta entonces estaba prohibido – reivindicando la libertad de conciencia del individuo para interpretar los textos religiosos sin solicitar autorización a la jerarquía eclesiástica. Estos dos movimientos culturales buscan nutrirse del pasado, pero lo hacen defendiendo la autonomía del individuo.

Pronto una nueva sensibilidad orientada esta vez hacia el presente y el futuro, comenzará a abrirse camino. Con ella emerge la Modernidad. Occidente inicia una rebelión frente al predominio de la ontología del Deber que le impone a los individuos en lo que deben creer, lo que deben y no deben leer, lo que deben hacer, etc., cargándolos de prohibiciones y amenazas de castigo. Occidente da señales de asfixia. El deber y el peso de la autoridad y de la tradición, ahogan a un número creciente de personas, a la vez que diversos desarrollos tecnológicos los incitan a emprender desafíos y a atreverse a asumir riesgos.

Poco a poco irá emergiendo una nueva ontología que llamaremos ontología del Poder. No nos referimos al poder como dominio de unos individuos sobre otros, sino al valor que se le confiere a la capacidad de acción autónoma de los individuos. Frente a los grilletes que impone la ontología del Deber, ésta nueva ontología reivindica nuevamente la libertad individual y la capacidad de cada individuo (el poder que ellos poseen) de establecer y alcanzar sus propios objetivos en la vida.

Pasará algún tiempo hasta que algunos reaccionen al hecho de que la libertad individual de algunos se realice a costa de la subordinación, explotación e imposición frente a otros. Buscarán regular la libertad de manera que todos puedan participar de ella y no se vean sacrificados por la libertad de unos pocos. Algunos hablarán de igualdad, otros de equidad, de distribución de oportunidades, de necesidades básicas.

Pero cada camino nuevo que se abre, pronto encontrará sus propios obstáculos, sus propios tropiezos, sus cegueras y dificultades. Se descubre que el futuro se construye paso a paso y en cada uno de ellos emergen problemas que no fueron anticipados. Kant y Nietzsche representan, en nuestra opinión, los hitos más importantes, a nivel del pensamiento filosófico, en este desarrollo.

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